jueves, 6 de noviembre de 2008

EL VIEJO Y EL MAR


Enrique Cirules. 
La Habana, diciembre de 2001

Cuando a mediados de los años cincuenta alguien trajo una revista Bohemia al embarcadero de El Guincho con la traducción de The Old Man and the Sea, la mayoría de los pescadores y tortugueros de la célebre cayería de Romano no pudieron disfrutar de ese extraordinario relato, sencillamente no podían, no sabían leer. 

Sin embargo, Ernest Hemingway (Oak Park, Chicago, 1899—1961) ya era conocido en aquellos parajes; se le recordaba cono el americano que, de Faro Maternillos a Cayo Guillermo, a bordo de un yate, había estado persiguiendo submarinos alemanes durante casi dos años. 

Algo parecido había ocurrido en los alrededores de la esplendorosa Habana, donde Hemingway constituía ya uno de los grandes mitos, y no precisamente por la influencia que pudiera ejercer con su magnífica obra, sino por esa presencia suya entre los cubanos. 

En 1936, con menos de doscientas palabras, Hemingmay había publicado en la revista Esquire On the blue water la anécdota del pez y el viejo en la corriente. Era el relato que le hiciera Carlos Gutiérrez primer patrón del Pilar, sobre un pescador de Cabañas. 

Lo cierto es que, a pesar de todos los estudios que se han realizado, Hemingway sigue siendo en algunos aspectos ese gran desconocido. Incluso, cuando se publica El viejo y el mar, se desconocía que ese relato había sido desgajado de un producto mayor, una obra que Hemingway había comenzado a escribir tan pronto como concluyó la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una extensa novela que tituló The Sea Book, una trilogía sobre el mar, el aire y la tierra, a la que nunca le hizo la revisión final y nunca publicó en vida. 

Debieron transcurrir más de veinte años y diversas circunstancias, incluyendo su muerte, para que una versión de esa novela viera la luz en 1970: Islands in the Stream (Islas en el Golfo); sin dudas, corregida, mutilada, tal vez castrada, algo que nunca llegará a conocerse realmente. The Sea Book era una novela esperada por millones de lectores en el mundo entero, pero Hemingway la echó a un lado, la sepultó y creó así uno de los grandes misterios de la literatura contemporánea. 

Es la época en que muere su preciado editor: Max Perkins; y en que tratan de involucrarlo en conspiraciones contra el tirano Trujillo; por lo que acosado y perseguido (y asaltada Finca Vigía en 1947 por un pelotón del ejército procedente del Campamento Militar de Colombia), se ve obligado a huir de Cuba, para refugiarse durante largos meses en los escenarios de Adiós a las armas. 

Es a su regreso a la Habana, en 1949, que decide utilizar ciertos elementos de la novela The Sea Book, para escribir A través del río y entre los árboles, publicada en 1950; pero esta novela, por lo menos para la crítica especializada, resultó un fracaso. 

Es entonces que, con unas veintiocho mil palabras, Hemingway se dedica a encarnar una de las más bellas, míticas y fascinantes páginas de la literatura: el relato de un viejo pescador de la zona de Cojimar, en lucha permanente vigorosa, tenaz para arrebatarle a la Corriente del Golfo una de sus más espléndidas criaturas, sin imaginar que con la muerte del gran pez está en el umbral de la derrota. 

Con la aparición de El viejo y el mar, en el otoño de 1952, este libro se convierte con rapidez en uno de los más afamados relatos de la literatura norteamericana. Había aparecido primero en la revista Life, el 10 de septiembre y una semana más tarde la editorial Scribner's de Nueva York lo publica en forma de libro. Esto promueve de inmediato toda su obra anterior. Por El viejo y el mar, en 1953, Hemingway recibe el Premio Pulitzer, y finalmente, en octubre de 1954, por toda su obra, el Nobel de Literatura. 

Por esos días se atrinchera en Finca Vigía y se niega a recibir a la prensa. Es en una breve entrevista concedida a la televisión cubana, en la que declara que quien ha ganado el Nobel es «un cubano sato». Luego entregaría la medalla del Premio Nobel a la Virgen de la Caridad del Cobre, en el Santuario de Santiago de Cuba. 

El viejo y el mar es una pieza magistral, llena de encanto y poesía, tierna y ruda a la vez: un pez, el mar, un viejo y un muchacho, en los escenarios de Cojímar, con la sencillez de un texto clásico, genuinamente cubano, entre símbolos y míticas reflexiones, que escribió cuando ya llevaba casi veinte años de contacto con espacios marinos de la cultura cubana, entre pescadores y navegantes; y, además, empleados, buscavidas, dependientes, limpiabotas, taxistas y boxeadores. 

Este relato, y por lo menos otras dos novelas suyas están vinculadas a las aristas más preciadas de la literatura cubana. A cincuenta años de su publicación, el mito del más universal de los escritores norteamericanos en Cuba alcanza una renovada fuerza y esplendor. 

Sin dudas, Hemingway es un autor inagotable. Un escritor que vivió y trabajó en nuestra Isla durante largas años, primero en el Hotel Ambos Mundos, en la zona más bulliciosa de La Habana Vieja, y después en las afueras de la capital cubana, sobre una de las colinas de San Francisco de Paula. Un autor que sigue siendo uno de los grandes artífices del lenguaje y de la creación literaria, (...) que de manera genial recreó historias, mitos y rememoraciones: uno de los autores que más ha influido en la literatura del siglo XX. 

lunes, 3 de noviembre de 2008

Los balnearios y sus poetas tutelares(extracto)


por Darío Oses
para nuestro.cl


Poetas tutelares

Uno de los primeros poetas que parte a habitar el litoral es Manuel Magallanes Moure. En Cartagena escribe su libro La casa junto al mar, que aparece en 1917.

El pintor Juan Francisco González iba Las Cruces todavía rural. Su hija mayor, Jimena, recuerda que pasaban los veranos allí, en un fundo de su abuelo. El padre iba a verlos los fines de semana. Con prismáticos los niños veían bajar su coche por la cuesta de San Antonio. En cada temporada pintaba tres o cuatro cuadros. Salía a caminar y cuando encontraba algo que le gustara lo pintaba, fuera un paisaje marino o algún campesino con los que entablaba amistad rápidamente.

En el litoral central de Chile hay balnearios que tienen a un poeta como genio tutelar. Es el caso de Isla Negra, que era una playa salvaje y de difícil acceso, cuando Pablo Neruda llega a ella, en 1938, buscando un lugar donde dedicarse a escribir su libro Canto general. Entonces Isla Negra se llamaba Las Gaviotas. Eladio Sobrino, un marinero español que al perder su barco en Punta Arenas decidió quedarse en Chile, había levantado allí unas rústicas casas de piedras. El poeta compró una de ellas. En su libro Una casa en la arena, reconstruye poéticamente la casa y el paisaje del entorno.

El recordado grupo de Los Diez, que dirigía Pedro Prado, hizo planes para construir una torre en Las Cruces. De esta sólo quedan los planos que hizo Julio Bertrand Vidal. Pero el genio poético de Las Cruces es Nicanor Parra.

Parra se instaló a vivir en una de las casonas tradicionales del balneario, a la que se conocía como "El castillo negro". Era una impresionante edificación de madera, íntegramente forrada en tejuela, con tres niveles en el volumen principal y cinco en la torre. La construyó el arquitecto Héctor Hernández para Rodolfo Marín, intendente de Colchagua en 1919. El castillo negro estaba inspirado en el pintoresquismo que tanto influyó en la arquitectura de los balnearios chilenos a principios del siglo XX. Desafortunadamente un incendio consumió íntegramente esta edificación. Entonces el poeta se trasladó a vivir a la casa del lado, desde la que domina la playa chica.

En la primavera del 2004 se celebraron, en Las Cruces, los noventa años de Nicanor Parra, con noventa campanadas en la iglesia -que es obra del pintor y arquitecto Pedro Subercaseaux- y noventa volantines encumbrados en la playa.

El genio poético tutelar de Cartagena es Vicente Huidobro.El 24 de septiembre de 1947, pocos meses antes de morir, Huidobro le contaba a su amigo, el poeta español Juan Larrea, que se había quedado con parte de una hacienda de sus padres y abuelos, a la orilla del mar. Ahí vivía en paz, arreglando el parque de la sencilla casa rural.

El poeta solía invitar a sus amigos a esta casa en Cartagena. Entre los visitantes frecuentes estaba Eduardo Anguita, que encantaba a Vladimir -hijo de Huidobro- con el cuento de que el subsuelo del balneario era un mundo poblado por duendes.

Volodia Teitelboim, en su biografía Huidobro, la marcha infinita, señala que al regresar por última vez de Europa, ya en la etapa final de su vida, el poeta se retiró a ese pedazo de la hacienda de la familia. Le gustaba salir a dar largos paseos a caballo, acompañado por sus perros.

Huidobro viajaba en tren desde Santiago y llegó hasta la estación de Cartagena en los últimos días de diciembre de 1947 para pasar allí el año nuevo. Como de costumbre se fue a pie y cargando su maleta, hasta su casa ubicada en la parte más alta del balneario. Tal vez el esfuerzo le provocó, poco después, un derrame cerebral.

Su biógrafo, Volodia Teitelboim anota que fue un año nuevo nefasto. El poeta estaba postrado, debatiéndose entre la vida y la muerte, cuando comenzaron a llegar los invitados a la fiesta.

Eduardo Anguita contaba, poco después, que con el repicar de las campanas y los estallidos de los fuegos artificiales, Huidobro se había incorporado en la cama, inquieto. A ratos no reconocía a las personas y decía tener miedo, sin saber de qué.

El poeta murió en su casa de Cartagena, la tarde del viernes 2 de enero de 1948. Un alcalde prestó una tumba en el Cementerio de los Pescadores para que se lo sepultara provisoriamente. Más tarde se lo trasladaría al lugar que él mismo había elegido, en el terreno de su casa.

En uno de los artículos recogidos en el libro Pretérito presente, Alone relata lo que él mismo llama la "ceremonia triste, patética, rara, desolada y tan terriblemente significativa" de los funerales del poeta: "aquel cortejo, esa marcha interminable tras un furgón hermético: misterio pintado de negro. Bajar hacia el mar desde la falda de las colinas y seguir por senderos de arenas, por dunas, por eucaliptus...".

El cortejo llega por fin a un cementerio mínimo, escondido detrás de las casas. Cuesta entrar el ataúd por la puerta estrecha: "Cuando quieren depositarlo en el nicho no cabe. Imposible. Miran entonces alrededor y divisan por allá un hueco desocupado". Una voz dice que es de Fulano y otra replica que ese no piensa todavía en morirse, así es que miden la boca del nicho y el ancho del ataúd con una rama, y al comprobar que entra, lo dejan allí.

Concluye Alone su artículo, observando que Huidobro, que había juzgado estrecho y mezquino el escenario que le ofrecía su país natal, por una incongruencia muy suya, "marchó escoltado por huasos del fundo hereditario hasta el menos exótico de los sepulcros chilenos".

Cuentan los trabajadores que cuando se retiraron los restos del poeta del nicho aquel donde lo habían dejado, apareció una banda de cerca de medio centenar de jotes que siguieron al ataúd durante todo el trayecto del traslado a su tumba definitiva.

Así, Huidobro se quedó para siempre en Cartagena. Se tejieron muchas leyendas a su alrededor. Decían, por ejemplo, que se aparecía en las noches como jinete fantasma. Volodia Teitelboim hace notar que, tomando en cuenta los estudios de ocultismo que el poeta hizo en París y algunas de sus obras donde explora los mundos sobrenaturales, tal vez no le hubiera extrañado ni desagradado convertirse en superstición local.

A Cartagena se retiró también a vivir el escritor Luis Enrique Délano. Su casa, cercana a la hoy destruida estación de trenes, fue heredada por su hijo Poli Délano, que se convirtió en uno de los principales animadores de un grupo de amigos del balneario, que en los años 90 organizó memorables festivales artísticos y culturales en Cartagena. El pintor y escritor Adolfo Couve, también eligió vivir y morir en Cartagena.

Dicen que la infancia es la patria de los poetas. Tal vez la segunda patria sea algún balneario.

Valparaíso puerto de poetas


por Alejandro Lavquén
para La Ventana Portal informativo 
de la Casa de Las Américas, La Habana, Cuba.


Quizá sea Valparaíso la ciudad a la cual se le han escrito más canciones y poemas en el mundo. Lo que no deja de ser un orgullo para sus habitantes, que, sin ir más lejos, no se cansan de entonar dos notables poemas musicalizados como lo son "La joya del pacífico", popularizada por el cantante Lucho Barrios y "Valparaíso", vals escrito en los años sesenta por Osvaldo "Gitano" Rodríguez y que prácticamente se ha convertido en el himno oficial de este puerto: 

"Yo no he sabido nunca de su historia,/ un día nací allí sencillamente...," (...) "Pero ese puerto amarra como el hambre,/ no se puede vivir sin conocerlo,/ no se puede dejar sin que nos falten/ la brea, el viento sur, los volantines", dice en parte del poema. 

La profunda relación entre Valparaíso y los poetas es ancestral y mucho tiene que ver en esto su azarosa arquitectura y su condición de haber llegado a ser, en un momento del siglo XX, el puerto más importante del Pacífico. Su auge atrajo a cientos de inmigrantes de los cinco continentes, sobre todo ingleses y yugoslavos, los que dejaron su sello en muchas de las construcciones ubicadas en los diferentes barrios de la ciudad. 

En este puerto las casas parecen haber sido desparramadas al azar sobre sus cerros, y con la mirada siempre atenta hacia todos los puntos cardinales. El sentimiento de cada persona –y su condición social- se expresa en cada construcción, levantada por sus habitantes con los materiales más diversos: madera, calaminas, cemento, subterráneos y alturas extraídas del viento. Bares señoriales y pecaminosos; almacenes y mercados fueron creciendo junto a sectores financieros y barrios residenciales, hermanados por la sensibilidad de las pasiones nocturnas de sus habitantes. 

Esto, más las calles inverosímiles que nacen desde las raíces o desde el cielo indistinta y sorpresivamente, fue poblando la palabra poética de quienes nacieron allí o de los que adoptaron a Valparaíso como su patria, entre ellos docenas de poetas. Algunos reconocidos en el ámbito internacional. Otros, cubiertos por un injusto manto de olvido, como es el caso de Carlos Barella, que en su poema Cuadros del Puerto, escribió: 

"Una maritornes pasa,/ un marinero la mira,/ otro más audaz la abraza/ y un gringo pobre suspira./ Suspira y para apartar/ la amargura que lo aqueja/ se pone a mirar el mar/ y enciende su pipa vieja.". 

Carlos Pezoa Véliz, uno de nuestros más connotados vates tampoco se olvidó de este puerto y en sus versos, cargados de ironía, nos dejó parte de su historia, tomada de noticias de prensa de la época y escenas cotidianas de las que fue testigo: 

"Vida del puerto, vida de esfuerzo,/ vida que es digna de prosa y verso." (...) "Por las mañanas sale El Chileno:/ crimen, asalto, picnic ameno/ por una ficha... ¡Gran sensación!/" (...) "Los jornaleros de rostros pardos/ bajan y suben enormes fardos/ desde la popa de algún lanchón,/ y si por algo para la grúa/ se despanzurran una caldúa/ o un salchichón.". 

Los recovecos y miles de escaleras con destinos infinitos, sumados a callejones encabritados y vagabundos quizá sólo posibles en un sueño, han cautivado la palabra de generaciones de poetas. Los ascensores, moradores irremplazables del puerto, y siempre prendidos al ala de alguna gaviota, han sido cómplices de más de un verso de amor furtivo. También de algún presagio de muerte como lo cantara el Gitano Rodríguez desde el exilio: 

"Un día te levantarás y no amanecerá" (...) "Oirás a la distancia un ruido de ascensores,/ los aplausos de un teatro/ y la palabra adiós se quedará/ pegada a tu memoria como una cosa muerta". 

Durante la primera mitad del siglo XX, la bohemia porteña estuvo agitada por importantes representantes de nuestra poesía y arte como fueron Guillermo Quiñonez, Camilo Mori, Manuel Astica Fuentes, Chela Lira, Jacobo Danke, Kiko Ross, Germán Baltra y Pedro Plonka, entre otros. Salvador Reyes, afamado poeta y narrador antofagastino, tampoco pudo evitar la seducción de este puerto y escribió: 

"La noche se abre ahora/ de un golpe seco en las tabernas y en los bailes de marineros./ Ahora beben su licor, fuman tabaco/ los pescadores de las grandes ballenas antárticas,/ los gringos del malecón, los capitanes de altura/ y el hombre de los ojos oblicuos/ a quien llamas el Soñador de Shangai./ Así muchacha, es la noche del Sur, prolongada,/ como la noche de los amantes extenuados.". 

Por su parte, el poeta Pablo Neruda fijó una de sus residencias en Valparaíso, a la que llamó "La Sebastiana", casa ubicada en el Pasaje Collados del Cerro Florida, desde donde se puede tener una visión panorámica privilegiada. Neruda, durante la persecución de que fue objeto por el presidente González Videla, declaró su amor al puerto en los siguientes versos: 

"Eres en mí como la luna o como/ la dirección del aire en la arboleda." (...) "Te declaro mi amor, Valparaíso,/ y volveré a vivir tu encrucijada,/ cuando tú y yo seamos libres/ de nuevo, tú en tu trono/ de mar y viento, yo en mis húmedas/ tierras filosofales...". 

Destacados narradores y cronistas, también han dejado su testimonio sobre los ires y venires de "Pancho", como le llaman con cariño sus habitantes en la intimidad. Son cientos las crónicas que nos hablan, por ejemplo, acerca de la melodiosa cuadra de Cochrane, entre la Plaza Aduana y Márquez, o de la calle Clave, de El Pajonal y El Almendral, de la iglesia La Matriz, del legendario Roland Bar de calle Bustamante, donde en su libro-bitácora poetas y pintores dejaban sus versos y dibujos fatigados por el alcohol. Joaquín Edwards Bello, agudo observador del puerto, nos dejó sus testimonios de los cuales aquí se reproducen algunas escenas: 

"Por la subida Carampangue pasa la loca María. En toda ciudad hay una loca de la calle. En Madrid era Madame Pimentón. La loca María vuelca los tarros de las basuras, saca unas castañuelas y se pone a bailar" (...) "Este es el ascensor del Cerro Cañas. Al lado, en línea paralela, la escalera de la muerte. Una mujer gruesa sube jadeando con un lío de ropa en la cabeza" (...) "Los almacenes de Valparaíso tienen un olor especial a café, achicoria, chancaca y frutas secas. Nací en estos olores, ruidos y colores. Las librerías tienen un carácter especial. Y los letreros el suyo" (...) "Hay partes gringas, partes alemanas, partes españolas e italianas" (...) "En la parte de La Cajilla las mujeres nocturnas llamaban a los marinos diciendo Luquía, Comalón, esto es, look here, come along. Lo mismo pasaba en Hong Kong, donde existe una calle llamada Cumalón". 

Toda clase de artistas fue poblando Valparaíso durante el siglo pasado. Y a pesar de que ya no es el gran puerto comercial del Pacífico y la pobreza lo ha golpeado constantemente los últimos años, no deja jamás de mantener aquel embrujo que lo tiene a un paso de ser declarado Patrimonio de la Humanidad, pues lo humano que contiene este puerto es eterno, como lo es su condición de puerto de poetas. Sobre el amor, uno de los poemas-canción más bellos lo escribió Patricio Manns: 

"Fue tan verdad el tiempo de sus manos, Valparaíso,/y tan susurro su voz,/ tan precario el abrigo de su vientre,/ Valparaíso,/ tan corta su sed, tan severo su pan,/ tan incierto su olor,/ tan impotentes sus anclas al zarpar,/ Valparaíso./ Ella habitó los mapas de mi pecho,/ Valparaíso,/ cruel de estatura y de sol./ Ella ungió su misterio a mi memoria,/ Valparaíso,/ y yo dudo acá, privado de ser,/ náufrago de anclar,/ mientras su enigma se agota/ sobre el/ mar, Valparaíso./ Guarda su infancia, desvelo mágico/ y su distancia, delirio trágico,/ Valparaíso celestino.". 

Valparaíso parece naufragar y desprenderse desde los cerros hacia el mar, pero siempre vuelve con su coraje de viejo guerrero, como el sentimiento de Pablo de Rokha, quien escribiera quizá los versos más intensos, sociales y humanos sobre el puerto en su poema "Oceanía de Valparaíso", del que entregamos algunos fragmentos: 

"Valparaíso, camina por los barrios y las bodegas/ tuteándose, de hombre a hombre,/ con los trabajadores portuarios/ o los nortinos licoreados que ‘andan en tomas’, y/ las ropas tendidas son banderas o ‘claveles del aire’/ en los cordeles del proletariado/ creador de hogares" (...) "el héroe total expone su pellejo/ a los asesinos, y el siniestro mercader/ mugriento especula con la comida, cuando en/ ‘Los Siete Espejos’, arrecia la tormenta de bofetadas/ arrecia la tormenta de señoritas/ someramente prostitutas, arrecia la tormenta de las puñaladas" (...) "No buses corren, buques por las vías públicas/ de tu oceanografía: ‘el callejón de los Pimientos’ o la ‘Subida de la Calaguala’, que es la canilla de la/ puñalada y el cuero del viejo poeta Zoilo Escobar bracea nadando adolescencia abajo..." (...)"Todos los caminos de todos los destinos/ de la tierra van a dar al mar, Valparaíso". 

El puerto tampoco ha dejado indiferente a las nuevas generaciones, que aunque no conocieron su máximo esplendor, han aportado con su palabra para poetizar esta ciudad del viento. Nos dice la poeta Catalina Lafertt, con tierna ironía: 

"Por cierto que no soy la penélope/ pues la Plaza Echaurren/ es una residencia muy distinta./ Mas en fin, te extraño/ igual que cualquier enamorada". 

Los años de la tiranía militar son rescatados por el poeta José Ángel Cuevas en su peculiar estilo: 

"La única verdadera hazaña sería/ recorrer todos los cerros después del/ Toque de queda/ heroicamente con una botella de vino/ bajo el brazo/ El más grande acto posible y secreto. Y cantar el Vals que "Plaza de la Victoria es un centro social/ y que Av. Pedro Montt, para mí no hay otra igual"/ etc, etc". (...) "Valparaíso da vueltas por mi cabeza/ como un árbol, un cielo al revés/ escucho las sirenas de los barcos que llegan/ mientras bebo y llueve en mí/ pura eternidad/ recostado en la casa más increíble/ del mundo/ Faltaría que la cordillera nevada estuviera aquí/ de pie/ al fin de Playa Ancha.". 

Juan Cámeron lo deja y lo regresa en sus versos: 

"Aquí abordábamos los trenes para salir del puerto/ Entonces estos rieles seguían la ribera/ disciplinadamente juntos/ & yo engominado era un buque de guerra/ reflejado en los vidrios". 

Javier Campos lo sitúa más allá de los astros: 

"Hace muchos siglos conocí a una mujer de luz/ En los cerros desiertos de un planeta llamado Valparaíso/ Bailó conmigo una música sensual/ Sobre el mar cubierto de estrellas/ En casas alegres llenas de victrolas/ Me desnudó con los paisajes de su casa de la infancia". 

Carlos Muñoz, el Diantre, cantor popular, pone el toque alegre con sus versos llenos de picardía: 

"Con el viento flamean/ En los balcones/ Enaguas y sostenes/ También calzones/ También calzones ay sí/ Blancos y crema/ Amarillos y negros/ Sin un dilema/ ¡La vecina de al lado/ usa rosado!". 

Esteban Navarro lo evoca y lo sumerge en un sentimiento de lejanía que representa el amor fugaz de puerto y verano: 

"Tú estás en valparaíso/ Yo estoy en santiago/ El mar golpea fuerte en las torpederas/ En los muelles/ El sol golpea firme en mi cabeza/ Tus ojos se pierden en el infinito/ Mirando hacia el oeste/ Mis ojos arden con el smog y la tristeza". 

La leyenda de La Piedra Feliz, la podemos auscultar para siempre en los versos de Cristian Muñoz, estudiante de la Universidad de Playa Ancha

"Vuelvo a elevarme/ Como un volantín de fuego/ Desde tu sexo marino/ Piedra furiosa/ Piedra suicida/ Tan violenta y tan tierna/ Como las almas perdidas". El lazo entre poetas y Valparaíso parece ser inquebrantable en el tiempo, un algo misterioso los enamora, tal cual lo reconoce la poeta porteña Sara Vial: "Me enamoré de ti, Valparaíso,/ de tu casual navío sin regreso,/ de tu risa de sol en el hechizo/ me enamoré de ti, sin paraíso,/ y regresé de ti como de un beso".

viernes, 10 de octubre de 2008

El mar en la voz de los poetas


Texto de archivo de Sara Vial
Editado por Poetas del Mar

Somos país del mar y de montaña, pero somos sobre todo de mar. Hijos de la ola móvil, no de la nieve inmóvil de los Andes, nuestra forma de remo nos dibuja en el mapa un destino.

"No es un recién nacido, un visitante inesperado", ha escrito el poeta Mario Ferrero en su "Antología del Mar": "Nuestro mar ha existido desde siempre, viene desde el fondo más remoto de la historia humana. Anduvo en aventuras geológicas difíciles, sirvió de puente a las inmigraciones, presenció el paso arrebatado o taciturno de los indios. En la poesía fue condecorado por Pedro de Valdivia, transformado en octava real en los viejos papeles de Alonso de Ercilla, hecho cristal y copa en la exaltación jubilosa de Alonso de Ovalle". Y sigue, en una sola ola entrelazada a su rumor de muelles. "Pasó de un salto a La Conquista, anduvo en los albores de la Patria, vistió casaca azul de guerrillero en plena Independencia, se le consultó la declaración de la República. Y estuvo presente en el escritorio de Eusebio Lillo, de Salvador Sanfuentes, de Guillermo Matta, de Pedro Antonio Gonzales, de Diego Dublé Urrutia y de Pezoa Véliz. Desde el día mismo de nuestro nacimiento literario, de nuestro primer llanto enamorado, el mar fue el escudo de armas y el portalón sagrado de nuestra libertad".

ESCUCHARLO EN LA VOZ DE LOS POETAS

Y es por eso, será siempre hermoso escucharlo en la voz de los poetas, y en su "Descripción de Chile", especie de arco de luces y pórtico de "La Araucana", don Alonso de Ercilla ya habla del mar como un padre tutelar.

Y los cronistas, que encabezan Alonso de Góngora y Marmolejo, el Abate Juan Ignacio Molina, don Diego Rosales, saben también muy bien lo que escriben cuando escriben del mar. Porque hay mar para todos en nuestra insondable lejanía. Mar para el pescador, para el viajero, mar para el que construye su morada pensando en su insistencia tras los vidrios, para un temporal y su susurro, para su pez ritual de cada día. Para su arena dócil y su roca. Mar para el corazón y los sentidos.

La gran Gabriela, con su apellido de viento, el Mistral, lo saluda en su "Pequeño mapa audible de Chile". "En esta inmensa meseta austral se oye, cuando algo se oye, una marea salvaje que pecha entre los canales y forcejea en el gran Estrecho, hacia el interior, apenas poblado, hay unos silencios de hierbas inmensas, de gruesos y dormidos herbazales, que se parecen a los estupores que dan los témpanos en el último mar".

Y Mariano Latorre, que con su "Mar de los chilenos" sigue diciéndonos por primera vez, como el propio mar, su emoción marina: "Al amparo de viejas velas cangrejas húmedas de Chiloé, o cuadras parchadas del Maule, he cruzado tu salvaje soledad, mar de los chilenos, y he bebido tu hábito salobre, hermano del puelche de las nieves y del acre aliento de los pehuenches. Mar de Chile, inmenso y virgen, que no hendieron griegos mascarones, ni supo de velas de púrpura, ni de gaviros expertos, sino de balsas de cuero o trenzadas velas de totora, pero bebió el alma multisonora de los vientos primitivos".

CADA POETA EN SU MAR

El mar es tan adaptable a los poetas, que como si fueran ánforas distintas, se acomoda en ellos, se enrolla y ondula como una serpiente, o se acuna como en el regazo de una madre. Acaso, sin saberlo, el poeta es un mar que sólo encuentra sus pasos en la arena y su actitud interior, sin que lo sepa, es siempre de horizonte. Y por eso se entienden y se hablan los poetas y el mar, desde una piedra golpeada hace cien años por la ola que la suaviza, o desde el ambiente bullicioso de los puertos que se suceden, unos a otros, para no perder el mar sobre la dura tierra.

Y unos cantan al mar del sur y otros cantan al mar del norte y otros tratan de inventar el mar.
"Este es el rudo mar del norte, el que acaricia la soledad de sus desiertos", dice Andrés Sabella en su cuerno marino.

Y Efraín Barquero: "Me recuerdo corriendo por la orilla del mar; ando explorando grutas y persiguiendo los pájaros. De repente me asomo a una playa solitaria donde hay una blanca bandada detenida: son gaviotas nuevas, me digo, las más hermosas que he visto. Y cuando corro hacia ellas para que emprendan el vuelo no pueden volar: es el cuerpo de una joven dormida".

Cuántas palabras junta el mar, sin saberlo, sólo con darse vuelta entre sus peces, sus delfines de seda, sus madréporas. Sólo con apoyar su cabeza infinita sobre un banco de corales y pensar en las sirenas que no ha visto nunca.

Los poetas más claros, límpidos, que cantan como Jorge Teillier, frescos desde la muerte:

"Vimos llegar mañanas
que eran bandadas de grullas
y las seguimos a puertos olvidados
donde nos esperaban muchachas descalzas
con las que bailamos en galpones
donde se guardan las redes y los remos".

Y LOS CIEN AÑOS DE MAR DEL GRAN OCEANICO

Pero de todos los poetas de Chile, ¿quién ha cantado más al mar? ¿Quién lo ha llevado a diario en sus bolsillos, como Teillier sus golondrinas, como Gabriela sus montañas de azafrán, como Oscar Hahn sus gladiolos, como Salvador Reyes los farolillos rojos de sus tabernas, como sus olas el mar? 

Su casa habla por sus poemas. Sus casas, esas barcas amoblada que nos dejó para viajar sin movernos, entre juguetes que cantan entre cajas de música, astrolabios que se confunden con campanas, bolas de vidrios llenas de mariposas que no volaron nunca. Veleros que nos miran desde los muros.

Neruda que no se cansa de mirar al mar, de crear ventanas para escribir el mar. Que aún dormido lo canta, después de haberlo visto por primera vez en Puerto Saavedra, con el deslumbramiento que nunca pudo desprenderse de su orilla, allá en la infancia. Él como nadie supo oír sus pasos, descifrar su llamado que el hombre no se sabe si escucha o no, dejándole ese oficio a los escritores. Como si todos los hombres no fueran poetas cuando miran el mar.

"Descubrí el mar. Salía de Carahue
el Cautín a su desembocadura
y en los barcos de ruedas comenzaron
los sueños y la vida a detenerme,
a dejar su pregunta en mis pestañas".

Y ese imborrable "Fantasma del buque de carga", que "observa con sus ojos sin color, sin miradas", esa interpretación de lo imposible cuando dice "mira el mar el fantasma con su rostro sin ojos, el círculo del día, la tos del buque, un pájaro...".

Y es así como mayo llega, con banderas, con hondas claraboyas y cumple como siempre su misión oceánica para que el mar desfile, para que el sol se vista de grumete en cada cerro, y en su banca escolar el niño aprenda que en todo el Universo no hay nada más hermoso que el mar, más sensible que el mar, más preocupado de nosotros que el solitario mar...

Aletas rotas/Pescadores de la Baja

X Mario Jaime


Al sol sin sal terrestre

se pudren juntas, añorando agua verde y una esfera de terror profundo

bucaneras ebrias
fumando brisas de oriente, cubriéndose con polvo las heridas

fueron hélices suavísimas
seductoras de cardúmenes brillantes
volaron sobre arrecifes amarillos y entendieron la gracia de un delfín

valientes en la noche oceánica, ciegas, esperaron un mordisco
barrieron gelatinas venenosas
se posaron en arena nebulosa
exhaustas en la ducha
dormían abrazadas a los sueños
seguras de un mañana, de otra búsqueda

contentas en corrientes, vientos, flujos y mareas
nunca creyeron en retiros secos

ya esperan la basura
tiemblan
no entienden milagros, el mar siempre corroe

y otra vez valientes afrontan la sequía
con el orgullo de haber sido
ballena, tiburón y gloria
con la sangre de un corsario
y la goma plástica enmohecida.


Pescadores de la Baja

Chingar sistemáticamente al cosmos
cuchillada tras red
anegando bahías de intestino y sangre
pensamiento cerveza
carcajada asesina
destino mercachifle
fatalidad de basura, desiertos sembrados con leche
motor de ubres
memoria de aceite
mutilada Anfititre
barrigas sin ontología
carroñeros de un mar que les desprecia.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Fractal/El llanto de Calipso

x Mario Jaime

Fractal

Tú ves sin ver
El mar como una mancha sin alma
Pero el mar
Es mar
Y dentro de cada gota un mar
Y sus enlaces covalentes son tormentas
Y sus hidrógenos sonrientes son ballenas

Y afuera de ese mar lo cubre un cielo con estrellas
Que es la superficie de otro mar
Donde navegan los cometas

Y el fondo de ese mar es un átomo acendrado
Y su fuerza de atracción es una gota y una brisa
Que despeina diosas y las calma

Y tú eres un mar
Y tu pasión un tiburón enamorado
Y tu sangre geostrófica corriente
Que confunde el mar con amar y con amado

El mar
Todo es el mar
Y el mar es todo.


El llanto de Calipso

Te di todo
Un cuerpo de diosa y un orgasmo infinito
Una gruta de mareas con aroma a vida
Las branquias del beso
El color en mis piernas

Y te vas, añorando la necia arruga de una mortal
con hedor y pechos lactados
que teje
que habita los muros

Yo soy eterna y libre
Te ofrecí la aventura
y el silencio musical de los fondos

vete
mediocre
vete

No vale la pena llorar por quién desdeña lo sublime

domingo, 21 de septiembre de 2008

Bitacora de un Viaje al Golfo de California

A bordo en la mar
Crucero de investigación
Buque oceanográfico BI-03 “Altair” de la Armada de México

MARIO JAIME (Ver referencia en Mar y Otros poemas)

***

Anclado en la espera.
Los manglares de Topolobampo miran hacia un pueblo triste y seco. Entenebrece el espíritu la visión de los barcos camaroneros que destruyen el mundo. Agua marrón. Y de pronto el lomo de un delfín se arquea y rompe el oleaje para devorar anchoas. Sombra alegre que brilla. Los minutos se iluminan. En singladura serena ahora pasa un par de marsopas, respiran, siguen al atardecer, saltan despidiendo al día. Sonrío. Aún hay libertad y belleza, el mar espera para poder olvidarme del hombre.

***

He aquí el amanecer de tintes serios. La mar vuelve a saludar el día y sus corrientes se intensifican. Por la noche leí disparates de profetas desérticos que intentaron derrotar a la Hembra y fueron crucificados. La Hembra del amor con cola de pez. Diosa que da la muerte por la reproducción. No morirás nunca, Diosa perfecta, porque anoche vi a los calamares lujuriosos retorcer sus cuerpos dentro de ti, vomitar tinta y morir a sifonazos después de abrazarse en éxtasis. La mujer es carne amoniaco y su sexo ventosa. Honremos al Mar, a la Diosa y a la Carne.

He aquí el amanecer.

***

A veces los científicos hablan como fanáticos religiosos. ¡Quién sabe qué está pasando en esta época! Calamares pequeñitos alimentándose de día en la superficie, calamares cada vez más grandes que recorren desde Chile hasta Alaska, calamares extáticos a la mitad del mar sacando los tentáculos del agua en posición vertical como si honraran al cielo, ritos cefalópodos. Algo sucede, algo extraño. Sin duda olvidan que el mar es lugar de prodigios y ningún comportamiento encadenado a leyes estadísticas. 

***

Masas verdioscuras. Completa extensión sin palabra. Una mantarraya se desliza cortando espejos con las puntas flexionadas. Conlleva locura, alegría, portento de estar viva y tener voluntad. 

***

Dos pequeñas aves oscuras, con el cuello pardo carmesí, recorren la cubierta. Caminan curioseando, sin atender a los hombres que corren lanzando botellas al agua para saber de silicatos y otras necedades. Son pareja, macho y hembra, volaban sobre la mitad del océano y ahora descansan en esta extraña mole de hierro que flota como una carcasa ebria. Son pareja, saltan juntos, juntos picotean y recorren estas dimensiones absurdas. Juntos levantan el suelo, ya inspeccionaron suficiente. No hay nada glorioso en un armazón muerto, mejor aspirar el cielo. Juntos, sin ausencia.

***

A unas millas de Bahía Altata, leía los ‘Nueve libros de la Historia’. Casi todo era muerte y guerra. Las maravillas que promete Herodoto se reducen a ambición y violencia. Pero el cocinero vio algo a estribor; una embarcación hacía señales. Llamada al puente y cambio de rumbo. El sol se hundía dejando un rastro límpido de fuego calmo. Las aguas rojas. Se pensó en náufragos. Se pensó en ayuda. Un bote blanco con tres a bordo tiraban línea y sonreían, no pedían ayuda: nos saludaban. El buque volvió a su rumbo dejando atrás la tarde y a los pescadores. En el libro, miles de aullidos, pueblos masacrados, traiciones: Tomiris metiendo la cabeza de Ciro en un odre lleno de sangre humana; insultando su cadáver por haber matado a su hijo; los sacerdotes egipcios degüellan a todos los hijos de Fanes sobre cántaros de vino y luego beben su sangre mezclada frente al horrorizado padre. Luego se lanzan contra los persas en batalla. En el mar silencioso unos hombres que buscaron ayudar a otros, hombres que se preocuparon  pudiendo dejarlos morir en alta mar, sin testigos. Hombres que intentan. Creo que fue la única vez sonreí a la tripulación mientras me preguntaba: ¿Qué es esta especie?

***

Luces en la costa.

Un vaso de unicel flota a estribor. Bahía de los sueños. El nuevo nombre de Ensenada de Muertos para que a los gringos y a los turistas no les parezca tan lúgubre. Ahí destruyen los hábitats para hacer condominios, hoteles, al servicio de la oligarquía y el Imperio. Hace unos siglos esto era un paraíso y una trampa mortal para los navegantes. Un pescador ‘sudcaliforniano’ me contó una versión del porqué adquirió semejante nombre: 
Según él, allá en la época colonial, un buque negrero se encontró al garete en estas aguas. Días de calor infernal y las provisiones agotándose. Por fin se quedaron sin agua y sin comida. El viento había desaparecido y las velas dormían flácidas. Desesperado, el capitán mandó botes a tierra para buscar alimento, agua potable. Pero nada encontraron los exploradores, ningún ave que cazar, ningún arroyo cercano. El desierto les ofrecía desprecio. Así empezaron a racional lo poco que les restaba y los negros comenzaron a morir de hambre, al final fueron arrojándolos por la borda uno por uno para aligerar la carga. Quién sabe si no devoraron a algunos. Por fin se levantó el viento y la nave zarpó alejándose de ese lugar maldito, con la culpa a cuestas. Pero las ánimas de los negros aún rondan en las noches pidiendo venganza. Eso es lo que me contó el pescador.

Ahora los espectros tendrán que irse a otro lado. El ‘progreso’ les quitará su oscuridad, sus tibias noches. Ahora habrá piscinas y torpes hombres tomando fotografías ; señoritas ebrias al ritmo de la fiesta sin saber lo que aquí sucedió porque los adolescentes creen que el mundo tiene veinte años de historia.

El vaso de unicel se pierde en las tinieblas. Probablemente asfixiará a un delfín.

***

Isla San José es un borrón de repente tragado por lo negro.

El mar de noche es un pulmón que nos señala mortalidad. Las referencias se pierden en una tiniebla inagotable. ¿Será así la muerte? Henchida de frescura, infinita ceguera, presentimiento que ablanda lo trivial y lo transforma en terror sagrado. ¿Qué hacen las criaturas abajo? Banquetes en la oscuridad del abismo, ahora llegan hasta la superficie permitiendo las migraciones verticales. Oscuridad es rutina de los peces. Afuera brillan signos de un ataúd limpio. Detente de una vez por todas, me dice, ven a mis brazos de presión ingente, ven a mi fondo a descansar sobre equinodermos y basalto. Tengo el olvido ¿No ves que mis sales son los suspiros de los que te precedieron? 

***

En Bahía Yabaros sonó un grito a mitad de la maniobra.

Eran las 23 horas. La luna llena coqueteaba con el mar, incitándolo. Unos dijeron que había sido un lobo marino, otros un cetáceo pues el grito fue agudo y profundo. Luego rieron y olvidaron. 

Hace 500 años, el mismo grito hubiera sido interpretado como el de un corsario muerto, espectro perdido en la fosforescencia que sigue al barco. 

Hace 4 mil años, pensarían en sirenas aladas esperando en los farallones o nereidas mitad mujer, mitad pez que enamoran incautos. 

Hay luna llena y gritos desde la noche. ¿Qué más se puede pedir? El océano es el mismo, sólo cambian nuestras mentiras.

***

Desde la inmensidad las bandadas de gaviotas son pequeñas mariposas de luz. 

***

Cuando hay luna llena no se puede capturar calamar. Según los pescadores es por la intensidad de la luz que baña el mar de plata. Los calamares no se concentran en un punto específico, en este caso, las luces del barco o de la potera, sino que se dispersan y la probabilidad de capturarlos es casi nula. Algunos científicos están de acuerdo porque es ‘lógico’. Sin embargo, ayer la luna estaba casi llena y los calamares rodeaban al barco, hoy no y está completamente llena. Si fuese por la intensidad lunar, la probabilidad decaería gradualmente, no de golpe. Imagino, en cambio, teorías que nunca van a aceptar los teutólogos. Quizá los calamares no realizan migraciones verticales porque los invade un terror arcaico al ver el resplandor blanco de su ambiente, como si el mar les hablara en su lenguaje de colores, como si fuese un ingente cromatóforo que señala muerte. En efecto, yo he visto calamares que agonizan y en su angustia se ponen blancos, casi ebúrneos antes de expirar en un color morado intenso. Quizá para ellos sea la muerte del océano, el cambio de estación marina, la renovación, el inicio de sus festivales dionisíacos. Nadar en ese resplandor helado es tabú, es penetrar a un báratro superficial pues su relación con el mundo es opuesta a la de nosotros. Para ellos, el fondo es su hogar y la superficie el límite desconocido donde los valientes se aventuran. Luna llena, terror del cefalópodo. Quizás.

***

De un lado, la perla que incendia las islas; del otro, la perla coqueta que seduce al mar. En medio el campo liso, limpieza sempiterna del índigo. 

Atardecer en el Golfo, viento de paz con testigo de cielo. Vale la pena haber nacido para respirar aquí, ahora. 

***

¡Qué alegría ser de agua!

Deseo tener el color del golfo. Que mi piel se tornasole con todos los matices del azul, del transparente retocado con celeste arpegio, del topacio crepuscular a la distancia, del temporal violeta y su caricia, del negro intensísimo y el pardo fresco que madruga, del nebulosos gris como la leche de ballena.

Estar mojado siempre, romper las moléculas al gusto, dispersarse en chapuzones, gozar sin sed, pestañear con sal y tener cosquillas de anfípodo. Ser libre en la onda que se finge pero no se mueve.

***

Se levanta la marejada.

El viento sopla y no es un simple enunciado. Aquí el verbo se convierte en cables oscilantes, cabos sueltos, ganchos que se rompen, snaps torcidos, redes destrozadas. El estómago reza mientras las olas bañan la cubierta. Un péndulo golpe tu cráneo. Se navega con el cerebelo borracho y dan ganas de atarse a la baranda y gritarle a la diosa que te devore completo, en su torbellino amoroso, sus labios de brazas y su sexo tentacular. Miro el salvavidas naranja y resuena una carcajada en los trenes brutales que llegan desde todos los puntos. De la muerte me separan cinco centímetros de metal. Cada minuto es una victoria y el viejo barco se las sabe pero nunca presentirá que singladura será la final.

***

¡Qué rápido se caen las teorías! 

¡Qué soberbia el del científico que afirma algo sobre lo natural! 

La que formulé sobre los calamares y la luna llena fue totalmente falsa. En tres noches consecutivas de luna llena, la tripulación capturó a montones. No sólo salían a la superficie sino que parecían poseídos por un frenesí lunático. Se perseguían tratando de comerse unos a otros, uno salió sin aletas y sin ojo de esa refriega caníbal. Ahora podría hacer nuevas teorías en el aire sobre el poder seductor de la luna en el comportamiento cefalópodo, pero serían especulaciones tan falsas como la primera. Sonrío ante la futilidad de la disquisición. Quédese como poema.

***

Los humanos lanzan hidrocalas a 100, 75 y 25 m de profundidad. Se afanan en bajar un aparato a 300 m para monitorear la temperatura y la conductividad. Corren destrozándose la espalda para enganchar las pesadísimas redes en busca de ictioplancton.

Más allá, dos lobos marinos toman placidamente el sol en medio de una marejada que los arrulla. Son dos hembras apacibles. Se desvanece la niebla bajo los rayos. ¿Cuál es la especie inteligente?

***

Aleta de tiburón al amanecer.
Manchón marrón y luego un matiz sereno. Pequeño pez vela salta bajo los pelícanos. Todos huyen. No es casualidad. Un aroma penetrante copa el viento, pronto se vuelve tufo y los animales dan la vuelta. El color del mar se difumina en un verde grisáceo.

Guaymas, donde el golfo pierde su romanticismo. 

En efecto, un oceanógrafo químico hace la observación de que puede ser la bahía más contaminada del país. 24, 000 bacterias coniformes por mililitro. La superficie se llena de micelas que forman una rebaba asquerosa. La armada tiene un proyecto de dragado pero es un círculo vicioso. A la distancia se ven ominosos esqueletos de hormigón, son las enlatadoras y harineras. Morgues del océano. ¡Quién sabe cuentos millones de animales han sido desechados sin ningún respeto! Sus vísceras tiradas al fondo en ausencia de cualquier ritual. Los peñascos erizados de saguaros se alimentaron de leprosos hace siglos. Ruinas por doquier, la peste se adueña, imperial.

El barco atraca flotando sobre leche con chocolate. Los análisis indican que no hay oxígeno en estas aguas. Astilleros y desechos industriales. Ejemplos de cómo los paraísos se convierten en caños asesinos abundan en nuestras costas. 

El sol de Sonora parece incrementar su radiación, quemar a propósito, castigar al inconsciente que mira de forma estúpida los automóviles en hilera sobre el cerro. ¡Qué hermoso sería el planeta sin humanos!

Sin embargo, la vida es un milagro tal, que aún se puede dar en esta malteada anóxica. Un imbécil captura una morena que se enreda en la piola. Me pongo guantes y aferro al pez, noto su tremenda fuerza, la turgencia de sus músculos tan diferente al bofo tejido de un pez muerto. Trae el anzuelo atravesado en la branquia. Le grito a otro que se apresure a ayudarme, giro el cuerpo desesperado del animal para desenredarlo. Mi ayudante corta la línea con cuchillo. Ya libre lanzo la morena al agua. Sigue viva y serpentea llevándose su cuerpo color crema, envuelto en suspiros de salvación. 

A duras penas se ven cardúmenes de lisas. Los peces saltan como deseando suicidarse, queriendo escapar de esa nata apestosa y ácida. 

De las costas contaminadas en el golfo, Guaymas supera a Topolobampo y Navachiste. Aquí hay más barcos camaroneros apiñados, frotándose en asquerosa complacencia antes de zarpar y barrer con toda la fauna con sus redes de arrastre. Todo cae en ellas y todo, excepto los crustáceos y algunas tortugas, se desecha muerto.

Bajo el muelle se arremolina la basura; bolsas de plástico, botellas de refresco, latas de aceite, excrementos a flote. No hay dinámica en esta bahía, las corrientes son nulas, los pelícanos presentan un plumaje roñoso cargado de grasa negra.

Atracamos, dos días para cargar combustible. Los marinos saltan en busca de alcohol y putas. En el barco sólo quedan las cucarachas, complacidas entre los platos y la mayonesa. Voy en una lancha. Frente a mí un oficial con pistola, detrás un marino con metralleta. Nunca podré sentir respeto por alguien que porta un arma.

La ciudad es peor. Cajas de zapatos en concreto como viviendas, talleres que exudan amoniaco, ingenios abandonados, edificios del siglo XIX roídos por el bostezo. Los perros flacos miran láminas polvorosas, calles sin alma, ruido de llantas, hombres y mujeres corriendo por doquier, sudando, escarbando el vacío de su indiferencia. Humo de chimeneas y plazas comerciales. Cientos de adolescentes aburridos en la parada del autobús atentos a sus teléfonos celulares. Paredes secas, pintura rota, la decadencia contagia suciedad. ¿Quieres que cante, musa? ¡Qué puedo cantar aquí, en medio del asfalto y la estulticia! 

Deseo la luna, deseo algo intensamente sacro pero sólo percibo trivialidad absurda, risas sin espíritu, religiones manchadas con ignorancia, manos que destazan, bocas que mastican.

***

A 20 minutos en camión San Carlos ya es otra cosa.

Pueblo de y para los gringos, se penetra al territorio del idioma inglés y del dólar.

Enmarcado bajo el ‘cerro de las tetas de cabra’, que es en realidad una espectacular montaña, San Carlos se renueva con tupida vegetación. Un boulevard lleva hacia galerías de arte, negocios de comida, antros, discos y bares. La marina y los hoteles son de lujo, los mexicanos trabajan para que el imperio goce. Casas bellísimas con albercas y esculturas se alinean frente a la playa, a menos de cinco metros de la línea de marea. Los norteamericanos ‘dejan’ que la gente camine por la playa con la ‘condición’ de que no ensucie ni moleste. Ancianos robustos envueltos en carcajadas de cerveza que se adueñan del mundo. Veteranos de Vietnam que cobraron su premio por asesinar en un rincón tropical, arrogantes vejetes paseando perros, comprando y edificando sus casas de invierno. ¿Llegará un gobernante a expropiar esto y devolverle a México su dignidad y soberanía? La risa plantea un semblante patético. Este país es el parque de diversiones más grande que poseen los gringos, una estrella más en su bandera. 

La noche se hizo para ellos. Los rubios invaden las cantinas para vomitar, ver el baseball, cantar frente al karaoke. Pululan los extranjeros, ellos se divierten mientras Andrés, mi guía en el pueblo, tiene que cocinarles tacos y lavar sus veleros para vivir. Vagamente recuerdo que desean convertir La Paz en algo así, más bien toda la península, más bien todo el país. Pero a mi generación y a las subsiguientes y a nuestra predecesora no les importa. Las biólogas que venían en el barco cenaron en un Mc Donald’s. 

La noche se pierde en vapores absurdos. Las putas salen a las once. Humo de cigarro y ángeles desnudos. Un efebo, quizá Rimbaud, atrapa el talle de una Afrodita danzando hip-hop. En otros tiempos este hermoso hombre y esta deliciosa mujer hubiesen sido adorados como dioses. Lástima de neuronas, los hace bellos su carne pero la genética no se obtiene con voluntad. 

El tiempo aquí se devora solo.

***

Al otro día, los marinos vuelven con las ojeras a punto y el aliento a vómito. 

Hazañas de taiboleras y litros de alcohol en el hígado. Esa es la vida de estos servidores de la patria. 

Zarpamos. Guaymas queda detrás, intentando todavía atraparnos con su peste. De nuevo el mar límpido, pero ya con una nota de gemido, como si su impenetrable poder se viese al borde de la resignación, de lo que sufre.

***

Alguien saltó a estribor. 

No te puedo decir si un delfín, un marlín o un lobo marino porque no llegué a distinguirlo. Miraba los relámpagos a popa. Y pensaba que también ellos son efímeros.

***

En la sala de esparcimiento, colgado de la pared, hay un cuadro que tiene una hoja color sepia donada por Ramón Bravo cuando visitó Arrecife alacranes a bordo del Altair. Es un pensamiento de Roger Ravelle escrito en 1969. Lo transcribo:

Los oceanógrafos tienen lo mejor de dos mundos. Sin embargo muchos de ellos consideran como extraordinariamente satisfactorio, encontrarse lejos de la costa más cercana, en el pequeño barco aceitoso e incómodo de su negocio, aún en medio de una violenta tormenta y no digamos ya en uno de esos maravillosos días en el trópico cuando cielo y mar sonríen y están serenos. Creo que la principal razón de ello está en que a bordo tanto el pasado como el futuro desaparecen. En efecto, poco puede hacerse allí para remediar los errores del pasado y ninguna proyección para el mañana puede contar con la imprevisibilidad de los barcos y del mar. Vivir en el presente constituye la esencia de la existencia del hombre de Mar.

***

No es nuestro Golfo. Somos parte de él.

No es nuestro mar. Es el útero de la diosa que forjó la vida y nuestra memoria genética. Todo nos recuerda a él aunque seamos criaturas terrestres. Nuestras venas y arterias son el recuento de la necesidad por llevarnos el mar adentro.

Él no nos da sus recursos, nosotros se los arrebatamos y ni siquiera la pagamos la intromisión con nuestro esfuerzo para respetarlo, mantenerlo, amarlo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Mar y otros poemas

Mario Jaime, poeta mejicano(1)

Mar
El mismo mar es el poema
no lo empañemos con palabras


Duda metafísica del tiburón blanco
¿Quién soy en este mundo de belleza y danza?
¿Por qué no puedo detener mi rumbo?
¿Qué potencia inmensa delegó mi forma y mi dominio?
Atento y precavido a cada ebullición y sombra
Escucho el ritmo del espasmo muscular
Siento ráfagas armónicas que provienen de mi calma
Veo las ondas de otras vidas al azar
Sé de la potencia orgánica exultante de alegría
Y a veces lo infinito me parece inexpresable
Busco entender si soy un sueño inteligible
Poder supremo entre los dioses
O el Mar es el producto de mis lágrimas

CANCIÓN DEL ZOOPLANCTON
Una larva de pez transparentada
Gelatinas pegajosas al color
Blancas patas, curvas afiladas
Triangulitos con antenas sin sabor
Bolsas de agua, submarinos con ojotes
Hilos suaves se devoran sin control
Farolitos, gusanotes y huevitos
Lentejuelas con uñitas de bombón.
Confeti azul y diminuto
Dentadas lunas, una esfera detrás del sol
Guiños demoníacos, arcos y trapecios.
Embotellamiento vial de flotación

Canción de las nereidas en la tempestad
Ánimo, marinos
No temáis al fondo
El fondo del océano es frío
Pero nosotras los abrazaremos
Hay arena fina
Y magma que enciende corazones
La tempestad en buena
Es el beso de la Diosa del mar
Vengan a los fondos
Y vivirán para siempre

Océano
Océano. Golpe abrumador de colores e incendios. Tú, limítrofe entre la soledad y el peligro. ¿Quién te saluda en los leves rumores? Desde tus iras que lamen tus cielos hasta la calma de helados infiernos. Un grano es el rango de lentos farfullos, minúsculas gotas carmines, cenizas blancuzcas, neonatos en tiempo y cadencia. De ti salió el mundo y eso murmullan balanos, volcanes maduros, gregarios que petrificó la gorgona en la roca que besas. Tu sed nunca acaba, enorme y distante. Eterno egoísta que sabes como inspirar la locura. El amor debió brotar cuando el sol bañó en tu fineza la risa. Infatigable subes y lloras. Jala el tirón la riente espuma. En cada rincón un “plop” un “scuat” y el límpido labro que gira bajando. Introdúcete en los recovecos del hado. Nadie equipara el poder como tú. ¿Qué otro universo originó y mantiene a tantos? Y conservas, titán, el horizonte plano donde gime el silbido y florecen las trombas.

Oda al elefante marino
Se retuercen en las tardes de inopia gorda
y braman produciendo maremotos
ruedan por las rocas en el sueño lánguido
días sin moverse, costales modorros con bigote
¿Qué sueñas bajo las moscas de sol que te acompañan
y la sinfonía rompiente que te arrulla?
¿Qué amores de mole y diente te apasionan?
Harem de grasa tierna y macho garañón de trompa y beso
Pesadillas con dentina blanca y aletas triangulares
Mambos mudos y jalea geológica en tu güeva
Flojera mineral sublime
Ojos derrite fierros
Con tu rostro mojigato que provoca abrazos
Nos enseñas la paciencia y la agresión celosa
Que la vida es amar a muchas y engordar contento.



(1)Egresado de la escuela de escritores de la SOGEM. Estudió dramaturgia en el INBA.Autor de las obras: La Diosa de los juguetes, El Tardígrado, El ángel de las tinieblas, Rukinasilmë, el trance del cisne azul,La nereida enamorada, Lilith, estrenadas en diversas ciudades de México y La Paz. 

domingo, 7 de septiembre de 2008

Todavía agua y otros poemas

Hector Alfaro Jofré


todavía agua

la vida no sabe como nacer
como suavisar las esquinas rotas
agua y relámpagos asombrados
todavía no han parido dolor
sólo hay entusiasmo en las aguas
y fatiga en la luz microscópica
virada por la espera desolada
las rocas, dureza contrita,
aun no han sido demolidas
hay ansias de vuelo en ellas
solas desintegran el amor marino
amor que azota el lado
tibio de las sombras
y dice azote cuando es una caricia
aquí se acomodará
la vida de agua
cables elásticos
que el mar parirá
aquí aprenderán a nadar
a embriagarse de agua
danza de siglos
rocas sollozantes
inventan el amor
corpúsculos escapados
de la paciente humedad triturada
amor futuro
ojos tristes
luz intencional
piel que aun no se ha secado
que aun no tiembla en el miedo
que no crece con la caricia
todavía aguarda el quiebre
todavía agua y sed
relámpagos ciegos
verán la luz de la vida.


un día de enero

un día de enero me retiene junto al mar
sol y espuma de medusas maduras
desprendidas de este mar viajero
este mar alcohólico que extravía sus criaturas
en ojos rasgados mientras pájaros de incognito
se alejan en abrumadas esquirlas de piel y plumas
prolongando el aire en un batir de dudas
hasta desaparecer en un paraiso tan escueto
que no caben las esperanzas
y deben plegar las alas y esperar
a que salgan las alegrías blancas
y el sonido que destroza el paraiso
estalle con el sudor marino
todos vamos al despeñadero
una quimera de piernas débiles
vamos al norte tan al norte que ya es el sur
vamos con un desperdicio de temores,
una bandada de estupor y algo más
con nosotros vuelan hombres oscuros, heridos,
ensangrentados hombres van
sobre las espaldas del aire van
eludiendo árboles alados van
eludiendo fusiles mercenarios sangre expandida viene volando
azul sale volando
desprendido del mar vuela azul
amarillo vuela como sol castrado
tropieza con nubes de acero repujado
cielo volado
lo oigo desprenderse, lo escucho en mi garganta
se desnuda la tierra abrasada y desgarrada
por este sol de helio mojado de ruptura
algo alucinante este planeta
que se muere sin sol
que se ahoga en sus escrementos
que envejece en bolsillos pantagruélicos
campanadas cada ocho horas arengan
el adios del sol
una mancha muy larga que cae sobre cascos guerreros
sobre rostros demacrados también cae
tan larga mancha invade el territorio
de las pesadillas que deshacen la forma
de las hadas y bufones palaciegos
y muere en la curva de mi universo
últimos latidos de este sol engorroso y lento .


un sayo de antigua desolación

el mar necesitó del tiempo
para cerrar las heridas
descalabrado por la huida
de gotas salpicadas.
el mar blanco lamió
los esqueletos acusadores,
las gotas contritas lamió,
encapsuladas en el aire subieron
gotas, soledad que
superó el espíritu marino
fragancia en ojos tristes
espíritu marino
sudor ambiguo
que amó las rocas
estrelló allí sus gemidos
cuando la tarde regresó al mediodía
abierto en llagas,
el mediodía
una espera en caminos cercados
por estas aguas machacadas.
parece que el espíritu
acabará por fraguar en ojos tristes
y ya no escapará
con los últimos rayos de luz
esa luz que se desintegra
como un sayo de antigua desolación.
fragua también el peso
de los acontecimientos
concluye el diálogo
que, sin embargo, se entretiene
con el viento que empuja
(poco más sabe hacer)
y con las olas, pulso del deseo
que fatiga
impaciencia y azote
suave mordedura en senos
blancos y helados
barro púbico
en cuya desnudes me baño
limpio mis cenizas
y rasgo mi dentadura
en la maleza de tu adiós.


el sonido de la ausencia

! oh mar !
tienes lo mejor
en el sonido de la ausencia
guardado en caracolas
de brillo empedernido
sonido
la oreja del sonido
aferró la música del roce
que el placer adelgazó,
elevó y trasladó al oído
olas chocando sonido,
aira irascible sonido,
peces sudorosos sonido
clamando por serena soledad
ofuscados y ansiosos de sol
que este mar no puede darles
sólo hay miedo y sonido
una herida perpetua,
caminos que se esfuman
antes que alguien
se acostumbre a ellos,
antes que el ritmo de las aletas
acune el hábito.


el aliento largo

me detengo en algún lugar
entre mi mar y vuestra cordillera
pero habeis robado
mis algas, mis peces,
las conchas que esgrimieron
el aliento largo
inútil defensa.
todo os lo llavasteis
penetrais hasta mis aguas
inundadas de sales estropeadas
pero aun con afiladas garras,
deshabitadas garras que construyen
mis sueños, mis bóvedas
espacios marginales inadecuados
para industrias de salario tan escaso
que duelen los parietales
y se traban los maxilares
pero entran redondas golosinas
en silencioso cabalgar
! oh traición !
hasta llegar a mis huesos famélicos
y destrozar la rigidez necesaria
oxidadas memorias del ser profundo
en tranquila espera del olvido.

(1) Héctor Alfaro Jofré, poeta chileno muy prolífico y aún inédito. Nació en La Serena el año 1935. Estudió Pedagogía en Biología y Química en la Facultad de Ciencias del Instituto Pedagógico de la U. de Chile, en el cual se tituló en 1962. Se Doctoró en Química en la prestigiosa Universidad Carolina de Praga en la antigua Checoeslovaquia en 1966.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Un mar de contradicciones

Esteban Coñoman Guzmán (1)

Esa sal que corroe el metal,
Como una lágrima, en trasnoche,
Deshacen… el riel maldito
Y sus cadenas…
Las familias y la historia,
No será un simple adiós,
Será un – presente; ahora y siempre,
A plena voz, tu nombre sin cuerpo…
Retildara incesante, no callará

Hermosas olas, indomables
Porque cobijaste tal dolor?
Serán esos tus colores?
Serán ellos tus colores?
Hermosas olas indomables,
Porque no dices la verdad?
Queda patria, quedan madres,
Quedan tumbas por llenar

Hermosas olas indomables,
Porque no dices la verdad?
Si los culpables aun comulgan,
En Vitacura, en libertad!

Lloro por ti sin nombre,
Lloro por mí también,
Hermosas olas indomables,
Gracias, ya entendí el por qué
Tus olas traen a puerto el delirio,
Todas tus lagrimas también…
La sal de tus gigantes ojos,
Son por tus muertos y este clamor,
Hermosas olas, indomables
Porque cobijas tal dolor?


(1) Poeta chileno de Cerro Navia, gestor cultural y vecinal