domingo, 21 de septiembre de 2008

Bitacora de un Viaje al Golfo de California

A bordo en la mar
Crucero de investigación
Buque oceanográfico BI-03 “Altair” de la Armada de México

MARIO JAIME (Ver referencia en Mar y Otros poemas)

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Anclado en la espera.
Los manglares de Topolobampo miran hacia un pueblo triste y seco. Entenebrece el espíritu la visión de los barcos camaroneros que destruyen el mundo. Agua marrón. Y de pronto el lomo de un delfín se arquea y rompe el oleaje para devorar anchoas. Sombra alegre que brilla. Los minutos se iluminan. En singladura serena ahora pasa un par de marsopas, respiran, siguen al atardecer, saltan despidiendo al día. Sonrío. Aún hay libertad y belleza, el mar espera para poder olvidarme del hombre.

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He aquí el amanecer de tintes serios. La mar vuelve a saludar el día y sus corrientes se intensifican. Por la noche leí disparates de profetas desérticos que intentaron derrotar a la Hembra y fueron crucificados. La Hembra del amor con cola de pez. Diosa que da la muerte por la reproducción. No morirás nunca, Diosa perfecta, porque anoche vi a los calamares lujuriosos retorcer sus cuerpos dentro de ti, vomitar tinta y morir a sifonazos después de abrazarse en éxtasis. La mujer es carne amoniaco y su sexo ventosa. Honremos al Mar, a la Diosa y a la Carne.

He aquí el amanecer.

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A veces los científicos hablan como fanáticos religiosos. ¡Quién sabe qué está pasando en esta época! Calamares pequeñitos alimentándose de día en la superficie, calamares cada vez más grandes que recorren desde Chile hasta Alaska, calamares extáticos a la mitad del mar sacando los tentáculos del agua en posición vertical como si honraran al cielo, ritos cefalópodos. Algo sucede, algo extraño. Sin duda olvidan que el mar es lugar de prodigios y ningún comportamiento encadenado a leyes estadísticas. 

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Masas verdioscuras. Completa extensión sin palabra. Una mantarraya se desliza cortando espejos con las puntas flexionadas. Conlleva locura, alegría, portento de estar viva y tener voluntad. 

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Dos pequeñas aves oscuras, con el cuello pardo carmesí, recorren la cubierta. Caminan curioseando, sin atender a los hombres que corren lanzando botellas al agua para saber de silicatos y otras necedades. Son pareja, macho y hembra, volaban sobre la mitad del océano y ahora descansan en esta extraña mole de hierro que flota como una carcasa ebria. Son pareja, saltan juntos, juntos picotean y recorren estas dimensiones absurdas. Juntos levantan el suelo, ya inspeccionaron suficiente. No hay nada glorioso en un armazón muerto, mejor aspirar el cielo. Juntos, sin ausencia.

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A unas millas de Bahía Altata, leía los ‘Nueve libros de la Historia’. Casi todo era muerte y guerra. Las maravillas que promete Herodoto se reducen a ambición y violencia. Pero el cocinero vio algo a estribor; una embarcación hacía señales. Llamada al puente y cambio de rumbo. El sol se hundía dejando un rastro límpido de fuego calmo. Las aguas rojas. Se pensó en náufragos. Se pensó en ayuda. Un bote blanco con tres a bordo tiraban línea y sonreían, no pedían ayuda: nos saludaban. El buque volvió a su rumbo dejando atrás la tarde y a los pescadores. En el libro, miles de aullidos, pueblos masacrados, traiciones: Tomiris metiendo la cabeza de Ciro en un odre lleno de sangre humana; insultando su cadáver por haber matado a su hijo; los sacerdotes egipcios degüellan a todos los hijos de Fanes sobre cántaros de vino y luego beben su sangre mezclada frente al horrorizado padre. Luego se lanzan contra los persas en batalla. En el mar silencioso unos hombres que buscaron ayudar a otros, hombres que se preocuparon  pudiendo dejarlos morir en alta mar, sin testigos. Hombres que intentan. Creo que fue la única vez sonreí a la tripulación mientras me preguntaba: ¿Qué es esta especie?

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Luces en la costa.

Un vaso de unicel flota a estribor. Bahía de los sueños. El nuevo nombre de Ensenada de Muertos para que a los gringos y a los turistas no les parezca tan lúgubre. Ahí destruyen los hábitats para hacer condominios, hoteles, al servicio de la oligarquía y el Imperio. Hace unos siglos esto era un paraíso y una trampa mortal para los navegantes. Un pescador ‘sudcaliforniano’ me contó una versión del porqué adquirió semejante nombre: 
Según él, allá en la época colonial, un buque negrero se encontró al garete en estas aguas. Días de calor infernal y las provisiones agotándose. Por fin se quedaron sin agua y sin comida. El viento había desaparecido y las velas dormían flácidas. Desesperado, el capitán mandó botes a tierra para buscar alimento, agua potable. Pero nada encontraron los exploradores, ningún ave que cazar, ningún arroyo cercano. El desierto les ofrecía desprecio. Así empezaron a racional lo poco que les restaba y los negros comenzaron a morir de hambre, al final fueron arrojándolos por la borda uno por uno para aligerar la carga. Quién sabe si no devoraron a algunos. Por fin se levantó el viento y la nave zarpó alejándose de ese lugar maldito, con la culpa a cuestas. Pero las ánimas de los negros aún rondan en las noches pidiendo venganza. Eso es lo que me contó el pescador.

Ahora los espectros tendrán que irse a otro lado. El ‘progreso’ les quitará su oscuridad, sus tibias noches. Ahora habrá piscinas y torpes hombres tomando fotografías ; señoritas ebrias al ritmo de la fiesta sin saber lo que aquí sucedió porque los adolescentes creen que el mundo tiene veinte años de historia.

El vaso de unicel se pierde en las tinieblas. Probablemente asfixiará a un delfín.

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Isla San José es un borrón de repente tragado por lo negro.

El mar de noche es un pulmón que nos señala mortalidad. Las referencias se pierden en una tiniebla inagotable. ¿Será así la muerte? Henchida de frescura, infinita ceguera, presentimiento que ablanda lo trivial y lo transforma en terror sagrado. ¿Qué hacen las criaturas abajo? Banquetes en la oscuridad del abismo, ahora llegan hasta la superficie permitiendo las migraciones verticales. Oscuridad es rutina de los peces. Afuera brillan signos de un ataúd limpio. Detente de una vez por todas, me dice, ven a mis brazos de presión ingente, ven a mi fondo a descansar sobre equinodermos y basalto. Tengo el olvido ¿No ves que mis sales son los suspiros de los que te precedieron? 

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En Bahía Yabaros sonó un grito a mitad de la maniobra.

Eran las 23 horas. La luna llena coqueteaba con el mar, incitándolo. Unos dijeron que había sido un lobo marino, otros un cetáceo pues el grito fue agudo y profundo. Luego rieron y olvidaron. 

Hace 500 años, el mismo grito hubiera sido interpretado como el de un corsario muerto, espectro perdido en la fosforescencia que sigue al barco. 

Hace 4 mil años, pensarían en sirenas aladas esperando en los farallones o nereidas mitad mujer, mitad pez que enamoran incautos. 

Hay luna llena y gritos desde la noche. ¿Qué más se puede pedir? El océano es el mismo, sólo cambian nuestras mentiras.

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Desde la inmensidad las bandadas de gaviotas son pequeñas mariposas de luz. 

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Cuando hay luna llena no se puede capturar calamar. Según los pescadores es por la intensidad de la luz que baña el mar de plata. Los calamares no se concentran en un punto específico, en este caso, las luces del barco o de la potera, sino que se dispersan y la probabilidad de capturarlos es casi nula. Algunos científicos están de acuerdo porque es ‘lógico’. Sin embargo, ayer la luna estaba casi llena y los calamares rodeaban al barco, hoy no y está completamente llena. Si fuese por la intensidad lunar, la probabilidad decaería gradualmente, no de golpe. Imagino, en cambio, teorías que nunca van a aceptar los teutólogos. Quizá los calamares no realizan migraciones verticales porque los invade un terror arcaico al ver el resplandor blanco de su ambiente, como si el mar les hablara en su lenguaje de colores, como si fuese un ingente cromatóforo que señala muerte. En efecto, yo he visto calamares que agonizan y en su angustia se ponen blancos, casi ebúrneos antes de expirar en un color morado intenso. Quizá para ellos sea la muerte del océano, el cambio de estación marina, la renovación, el inicio de sus festivales dionisíacos. Nadar en ese resplandor helado es tabú, es penetrar a un báratro superficial pues su relación con el mundo es opuesta a la de nosotros. Para ellos, el fondo es su hogar y la superficie el límite desconocido donde los valientes se aventuran. Luna llena, terror del cefalópodo. Quizás.

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De un lado, la perla que incendia las islas; del otro, la perla coqueta que seduce al mar. En medio el campo liso, limpieza sempiterna del índigo. 

Atardecer en el Golfo, viento de paz con testigo de cielo. Vale la pena haber nacido para respirar aquí, ahora. 

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¡Qué alegría ser de agua!

Deseo tener el color del golfo. Que mi piel se tornasole con todos los matices del azul, del transparente retocado con celeste arpegio, del topacio crepuscular a la distancia, del temporal violeta y su caricia, del negro intensísimo y el pardo fresco que madruga, del nebulosos gris como la leche de ballena.

Estar mojado siempre, romper las moléculas al gusto, dispersarse en chapuzones, gozar sin sed, pestañear con sal y tener cosquillas de anfípodo. Ser libre en la onda que se finge pero no se mueve.

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Se levanta la marejada.

El viento sopla y no es un simple enunciado. Aquí el verbo se convierte en cables oscilantes, cabos sueltos, ganchos que se rompen, snaps torcidos, redes destrozadas. El estómago reza mientras las olas bañan la cubierta. Un péndulo golpe tu cráneo. Se navega con el cerebelo borracho y dan ganas de atarse a la baranda y gritarle a la diosa que te devore completo, en su torbellino amoroso, sus labios de brazas y su sexo tentacular. Miro el salvavidas naranja y resuena una carcajada en los trenes brutales que llegan desde todos los puntos. De la muerte me separan cinco centímetros de metal. Cada minuto es una victoria y el viejo barco se las sabe pero nunca presentirá que singladura será la final.

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¡Qué rápido se caen las teorías! 

¡Qué soberbia el del científico que afirma algo sobre lo natural! 

La que formulé sobre los calamares y la luna llena fue totalmente falsa. En tres noches consecutivas de luna llena, la tripulación capturó a montones. No sólo salían a la superficie sino que parecían poseídos por un frenesí lunático. Se perseguían tratando de comerse unos a otros, uno salió sin aletas y sin ojo de esa refriega caníbal. Ahora podría hacer nuevas teorías en el aire sobre el poder seductor de la luna en el comportamiento cefalópodo, pero serían especulaciones tan falsas como la primera. Sonrío ante la futilidad de la disquisición. Quédese como poema.

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Los humanos lanzan hidrocalas a 100, 75 y 25 m de profundidad. Se afanan en bajar un aparato a 300 m para monitorear la temperatura y la conductividad. Corren destrozándose la espalda para enganchar las pesadísimas redes en busca de ictioplancton.

Más allá, dos lobos marinos toman placidamente el sol en medio de una marejada que los arrulla. Son dos hembras apacibles. Se desvanece la niebla bajo los rayos. ¿Cuál es la especie inteligente?

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Aleta de tiburón al amanecer.
Manchón marrón y luego un matiz sereno. Pequeño pez vela salta bajo los pelícanos. Todos huyen. No es casualidad. Un aroma penetrante copa el viento, pronto se vuelve tufo y los animales dan la vuelta. El color del mar se difumina en un verde grisáceo.

Guaymas, donde el golfo pierde su romanticismo. 

En efecto, un oceanógrafo químico hace la observación de que puede ser la bahía más contaminada del país. 24, 000 bacterias coniformes por mililitro. La superficie se llena de micelas que forman una rebaba asquerosa. La armada tiene un proyecto de dragado pero es un círculo vicioso. A la distancia se ven ominosos esqueletos de hormigón, son las enlatadoras y harineras. Morgues del océano. ¡Quién sabe cuentos millones de animales han sido desechados sin ningún respeto! Sus vísceras tiradas al fondo en ausencia de cualquier ritual. Los peñascos erizados de saguaros se alimentaron de leprosos hace siglos. Ruinas por doquier, la peste se adueña, imperial.

El barco atraca flotando sobre leche con chocolate. Los análisis indican que no hay oxígeno en estas aguas. Astilleros y desechos industriales. Ejemplos de cómo los paraísos se convierten en caños asesinos abundan en nuestras costas. 

El sol de Sonora parece incrementar su radiación, quemar a propósito, castigar al inconsciente que mira de forma estúpida los automóviles en hilera sobre el cerro. ¡Qué hermoso sería el planeta sin humanos!

Sin embargo, la vida es un milagro tal, que aún se puede dar en esta malteada anóxica. Un imbécil captura una morena que se enreda en la piola. Me pongo guantes y aferro al pez, noto su tremenda fuerza, la turgencia de sus músculos tan diferente al bofo tejido de un pez muerto. Trae el anzuelo atravesado en la branquia. Le grito a otro que se apresure a ayudarme, giro el cuerpo desesperado del animal para desenredarlo. Mi ayudante corta la línea con cuchillo. Ya libre lanzo la morena al agua. Sigue viva y serpentea llevándose su cuerpo color crema, envuelto en suspiros de salvación. 

A duras penas se ven cardúmenes de lisas. Los peces saltan como deseando suicidarse, queriendo escapar de esa nata apestosa y ácida. 

De las costas contaminadas en el golfo, Guaymas supera a Topolobampo y Navachiste. Aquí hay más barcos camaroneros apiñados, frotándose en asquerosa complacencia antes de zarpar y barrer con toda la fauna con sus redes de arrastre. Todo cae en ellas y todo, excepto los crustáceos y algunas tortugas, se desecha muerto.

Bajo el muelle se arremolina la basura; bolsas de plástico, botellas de refresco, latas de aceite, excrementos a flote. No hay dinámica en esta bahía, las corrientes son nulas, los pelícanos presentan un plumaje roñoso cargado de grasa negra.

Atracamos, dos días para cargar combustible. Los marinos saltan en busca de alcohol y putas. En el barco sólo quedan las cucarachas, complacidas entre los platos y la mayonesa. Voy en una lancha. Frente a mí un oficial con pistola, detrás un marino con metralleta. Nunca podré sentir respeto por alguien que porta un arma.

La ciudad es peor. Cajas de zapatos en concreto como viviendas, talleres que exudan amoniaco, ingenios abandonados, edificios del siglo XIX roídos por el bostezo. Los perros flacos miran láminas polvorosas, calles sin alma, ruido de llantas, hombres y mujeres corriendo por doquier, sudando, escarbando el vacío de su indiferencia. Humo de chimeneas y plazas comerciales. Cientos de adolescentes aburridos en la parada del autobús atentos a sus teléfonos celulares. Paredes secas, pintura rota, la decadencia contagia suciedad. ¿Quieres que cante, musa? ¡Qué puedo cantar aquí, en medio del asfalto y la estulticia! 

Deseo la luna, deseo algo intensamente sacro pero sólo percibo trivialidad absurda, risas sin espíritu, religiones manchadas con ignorancia, manos que destazan, bocas que mastican.

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A 20 minutos en camión San Carlos ya es otra cosa.

Pueblo de y para los gringos, se penetra al territorio del idioma inglés y del dólar.

Enmarcado bajo el ‘cerro de las tetas de cabra’, que es en realidad una espectacular montaña, San Carlos se renueva con tupida vegetación. Un boulevard lleva hacia galerías de arte, negocios de comida, antros, discos y bares. La marina y los hoteles son de lujo, los mexicanos trabajan para que el imperio goce. Casas bellísimas con albercas y esculturas se alinean frente a la playa, a menos de cinco metros de la línea de marea. Los norteamericanos ‘dejan’ que la gente camine por la playa con la ‘condición’ de que no ensucie ni moleste. Ancianos robustos envueltos en carcajadas de cerveza que se adueñan del mundo. Veteranos de Vietnam que cobraron su premio por asesinar en un rincón tropical, arrogantes vejetes paseando perros, comprando y edificando sus casas de invierno. ¿Llegará un gobernante a expropiar esto y devolverle a México su dignidad y soberanía? La risa plantea un semblante patético. Este país es el parque de diversiones más grande que poseen los gringos, una estrella más en su bandera. 

La noche se hizo para ellos. Los rubios invaden las cantinas para vomitar, ver el baseball, cantar frente al karaoke. Pululan los extranjeros, ellos se divierten mientras Andrés, mi guía en el pueblo, tiene que cocinarles tacos y lavar sus veleros para vivir. Vagamente recuerdo que desean convertir La Paz en algo así, más bien toda la península, más bien todo el país. Pero a mi generación y a las subsiguientes y a nuestra predecesora no les importa. Las biólogas que venían en el barco cenaron en un Mc Donald’s. 

La noche se pierde en vapores absurdos. Las putas salen a las once. Humo de cigarro y ángeles desnudos. Un efebo, quizá Rimbaud, atrapa el talle de una Afrodita danzando hip-hop. En otros tiempos este hermoso hombre y esta deliciosa mujer hubiesen sido adorados como dioses. Lástima de neuronas, los hace bellos su carne pero la genética no se obtiene con voluntad. 

El tiempo aquí se devora solo.

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Al otro día, los marinos vuelven con las ojeras a punto y el aliento a vómito. 

Hazañas de taiboleras y litros de alcohol en el hígado. Esa es la vida de estos servidores de la patria. 

Zarpamos. Guaymas queda detrás, intentando todavía atraparnos con su peste. De nuevo el mar límpido, pero ya con una nota de gemido, como si su impenetrable poder se viese al borde de la resignación, de lo que sufre.

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Alguien saltó a estribor. 

No te puedo decir si un delfín, un marlín o un lobo marino porque no llegué a distinguirlo. Miraba los relámpagos a popa. Y pensaba que también ellos son efímeros.

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En la sala de esparcimiento, colgado de la pared, hay un cuadro que tiene una hoja color sepia donada por Ramón Bravo cuando visitó Arrecife alacranes a bordo del Altair. Es un pensamiento de Roger Ravelle escrito en 1969. Lo transcribo:

Los oceanógrafos tienen lo mejor de dos mundos. Sin embargo muchos de ellos consideran como extraordinariamente satisfactorio, encontrarse lejos de la costa más cercana, en el pequeño barco aceitoso e incómodo de su negocio, aún en medio de una violenta tormenta y no digamos ya en uno de esos maravillosos días en el trópico cuando cielo y mar sonríen y están serenos. Creo que la principal razón de ello está en que a bordo tanto el pasado como el futuro desaparecen. En efecto, poco puede hacerse allí para remediar los errores del pasado y ninguna proyección para el mañana puede contar con la imprevisibilidad de los barcos y del mar. Vivir en el presente constituye la esencia de la existencia del hombre de Mar.

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No es nuestro Golfo. Somos parte de él.

No es nuestro mar. Es el útero de la diosa que forjó la vida y nuestra memoria genética. Todo nos recuerda a él aunque seamos criaturas terrestres. Nuestras venas y arterias son el recuento de la necesidad por llevarnos el mar adentro.

Él no nos da sus recursos, nosotros se los arrebatamos y ni siquiera la pagamos la intromisión con nuestro esfuerzo para respetarlo, mantenerlo, amarlo.

1 comentario:

Leonardo dijo...

Las palabras entretejidas de Mario actúan como un telescopio mágico que nos permite vislumbrar cómo la realidad externa e interna son una y la misma. Yo sé que el tiburón es su nahual, su mentor, su álter ego; sé que en su memoria genética la voz del dios narval le susurra las intimidades de la vida marina. Tal vez tenga un antiguo pacto lunar que le permita sublimarse, ver y sentir el mundo a través de la perspectiva de la infinita biodiversidad de la superficie y la profundidad pero que a cambio sufre en carne y alma propia el dolor a causa de la ignorancia humana. Ese es su sino.

Gracias por tu poesía hermano.